Cultura de la imagen e imagen de nuestra cultura

Durante mucho tiempo se dijo que una imagen valía más que mil palabras. Hoy, con la cantidad de imágenes que circulan cada minuto, habría que añadir que algunas valen mucho, otras poco, y algunas directamente vienen con trampa.

También durante años se enfrentó lo literario a lo visual, como si la palabra perteneciera al pensamiento serio y la imagen fuera algo menor, más superficial o simplemente decorativo. Esa discusión ya no da para mucho. La imagen piensa, cuenta, interpreta y construye conocimiento.

El cine y la fotografía no sustituyen a la palabra: la acompañan, la contradicen, la completan y a veces, como la música, dicen lo que las palabras no alcanzan a explicar. El cine y la fotografía han servido para recordar, denunciar, imaginar y dejar pruebas de lo que ocurrió. Una foto familiar, una película rodada en un barrio, una imagen de archivo o un documental se convierten, con el tiempo, en memoria. Nos ayudan a saber quiénes fuimos, qué mirábamos, cómo vivíamos y qué quisimos contar de nosotros mismos.

Walter Benjamin entendió que las imágenes reproducidas cambiaban nuestra relación con la cultura: podían viajar, repetirse y llegar a mucha más gente. Guy Debord advirtió que la realidad podía acabar convertida en espectáculo. Joan Fontcuberta, más recientemente, nos ha invitado a desconfiar sanamente de las imágenes, no para dejar de creer, sino para mirar mejor. Porque una imagen puede decir la verdad, pero también puede exagerar, esconder, recortar o vendernos una moto con una luz estupenda.

Con la inteligencia artificial esta cuestión se vuelve más urgente. Ya no se trata solo de retocar una foto o montar un vídeo de forma interesada. Ahora se pueden crear imágenes falsas con apariencia de documento. Por eso la verdad necesita defensas nuevas: contexto, archivos, instituciones, educación visual y una ciudadanía que no entregue su mirada al primer titular, al primer vídeo viral o al primer montaje bien iluminado.

La cultura de la imagen no consiste solo en consumir lo que otros producen. También consiste en producir nuestras propias imágenes: filmar, fotografiar, documentar, crear relatos y contar el lugar que habitamos. Una sociedad que solo consume imágenes termina viéndose con ojos ajenos. Una sociedad que las produce participa en la construcción de su memoria.

Durante mucho tiempo las islas han sido miradas desde fuera como escenario: paisaje exótico, territorio lejano, fondo natural, decorado perfecto para aventuras, anuncios, postales o ficciones ajenas. Esa imagen de Canarias como plató ha tenido a veces un tinte colonial evidente: el territorio aparecía como lugar disponible, bello y silencioso, más paisaje que comunidad, más fondo que voz propia.

No se trata de rechazar los rodajes ni la llegada de producciones, al contrario. Se trata de recordar que Canarias no es solo el sitio donde otros colocan la cámara, es el lugar desde el que se decide qué contar, cómo contarlo y quién mira.

En los últimos años se ha consolidado aquí una verdadera dinámica audiovisual, con rodajes, productoras, profesionales, festivales, formación, incentivos y talento local. Es una gran oportunidad. Pero Canarias no es solo un plató bonito o un fondo de atardecer para historias que vienen de fuera. Es una comunidad que mira, crea, conserva y cuenta desde su propia experiencia.

CCA Gran Canaria tiene un papel claro: dinamizar la cultura audiovisual desde lo público. No se trata solo de proyectar películas o mostrar fotografías, que también, sino de activar conversaciones, formar públicos, acompañar procesos creativos, conservar memoria y abrir espacio a nuevas miradas. Preservar un patrimonio audiovisual y fotográfico que no debería dormir en silencio. Ese patrimonio necesita cuidado, contexto y vida: ser conservado, conocido, revisado y compartido.

Los archivos y las instituciones son importantes porque ayudan a que la memoria visual no dependa solo del azar, del mercado, del disco duro que alguien guardó en un cajón y ya nadie sabe abrir, o de quien tenga más medios y menos escrúpulos para contar la historia a su manera.

Muchas veces la memoria se salva porque alguien etiquetó bien una caja, limpió un negativo, ordenó un fondo o decidió que aquello merecía no perderse. Si queremos una cultura audiovisual propia, no basta con celebrarla en los discursos ni con aplaudirla cuando está terminada. Hay que acompañarla antes: cuando todavía es una idea, una carpeta con notas, una foto suelta, una historia de barrio, una intuición o una película que aún no sabe cómo pagar los cafés. Ahí empiezan muchas cosas. En una ayuda, en una convocatoria, en una conversación, en alguien que se atreve a mirar de otra manera. Y si además conseguimos que esas imágenes se produzcan, se conserven y no acaben perdidas en un disco duro llamado “final_final_bueno_ahora_sí”, habremos hecho bastante por la cultura audiovisual de Canarias.

(Visited 29 times, 1 visits today)

También te podría gustar...